La historia
Todo empezó en el cumpleaños de mi sobrino.
En el cumpleaños de mi sobrino conocí a la mamá de su mejor amigo.
Ella estaba sin trabajo. Cuando supo que yo llevaba años trabajando en corretaje inmobiliario, empezó a hacerme preguntas sobre su casa. Muchas. Yo se las respondí todas.
Y ahí quedó. O eso pensé.
Meses después me escribió. Ahora estaba trabajando en una agencia de marketing que estaba entrando por primera vez al mundo inmobiliario. Quería pedirme algunos consejos y, de paso, saber si quería auspiciar un evento que estaban organizando.
Le dije que no.
Pero en medio de la conversación le comenté, casi como quien cuenta en qué ha estado perdiendo el tiempo últimamente, que me había metido bastante en inteligencia artificial.
Esa frase cambió todo.
«¿Inteligencia artificial? Necesitamos a alguien que haga una charla sobre eso.»
Había un pequeño detalle: era en Concepción.
Después de eso, silencio. Pasaron semanas sin noticias y asumí que no iba a ocurrir. Un lunes de abril les escribí simplemente para cerrar bien el tema: les dije que si más adelante querían hacer algo juntos, me consideraran.
Esa misma tarde me llamaron. La charla era el miércoles. En Concepción. Tenía prácticamente un día para preparar algo que hasta ese momento ni siquiera existía.
Lo conversé con mi esposa. Su respuesta fue inmediata: «Sí. Todo lo que sea, sí».
Así que dije que sí. Preparé la charla, viajé y me paré frente a una sala a hablar de algo que todavía no sabía que terminaría cambiando mi vida profesional.
«¿Tienes un curso de esto?»
La recepción fue mucho mejor de lo que esperaba. Al terminar, varias personas se acercaron a conversar conmigo. Una me dijo que había quedado temblando después de lo que acababa de ver.
Y después empezó a repetirse una pregunta: si yo tenía un curso.
No. No tenía curso. No tenía programa. No tenía plataforma. No tenía metodología. No tenía una empresa detrás.
Tenía una charla preparada casi de emergencia y una cantidad de personas preguntándome dónde podían aprender lo que acababa de mostrarles.
Ahí apareció algo que no había visto antes. Había gente dentro del rubro inmobiliario que intuía que la inteligencia artificial iba a cambiar su trabajo, pero no sabía cómo llevarla a su realidad cotidiana. Y yo sí sabía hacerlo. El problema era que todavía no tenía nada que venderles.
Lo curioso es que de esa charla no salió ningún negocio. Nadie me contrató. No apareció un inversionista. No se abrió una puerta mágica. Ni siquiera me pagaron el viaje.
Volví a Santiago prácticamente con lo mismo con lo que había viajado. Excepto por una cosa: por primera vez tuve la certeza de que era buena para esto. Y entendí que si quería descubrir hasta dónde podía llegar, no podía quedarme esperando que alguien me invitara otra vez. Tenía que construir algo propio.
Pedir permiso para entrar
Así que hice algo bastante poco sofisticado para alguien que pretendía crear una empresa de inteligencia artificial: fui a tocar la puerta de una oficina inmobiliaria a pedir que me dejaran entrar.
Hablé con su gerente, a quien conocía hace años, y le propuse un trato. Yo iba a entrenar a su equipo, desarrollar el método, probar cosas, equivocarme y trabajar sobre su operación real.
Lo que yo necesitaba no era un cliente. Era acceso a la realidad. Sus propiedades. Sus propietarios. Sus asesores. Sus problemas. Y, si al final realmente funcionaba, su testimonio.
Entré pensando que iba a enseñar inteligencia artificial. ChatGPT. Claude. NotebookLM. Herramientas. Prompts.
Pero después de algunas semanas ocurrió algo mucho más interesante: me di cuenta de que el problema nunca habían sido las herramientas. Podía enseñarles un prompt perfecto un lunes y el viernes alguien había vuelto a hacer exactamente lo mismo que hacía antes.
Porque implementar inteligencia artificial no consistía en aprender a usar una página nueva. Había que cambiar hábitos. Había que intervenir procesos. Había que entender dónde se perdía una captación, por qué un propietario no aceptaba bajar el precio, qué ocurría después de una visita, cómo se preparaba una conversación difícil, dónde se cortaba el seguimiento y qué información desaparecía entre una persona y otra.
Y ahí el proyecto empezó a transformarse
Dejamos de practicar con ejemplos inventados y empezamos a trabajar con propiedades reales, propietarios reales y problemas reales. Probábamos algo. Fallaba. Lo corregíamos. Lo volvíamos a probar. Una semana aparecía un problema nuevo y a la siguiente construíamos algo para enfrentarlo.
Empezaron a aparecer resultados: ajustes de precio que antes no ocurrían, conversaciones mejor preparadas, procesos que se destrababan y una forma distinta de mirar la operación.
Lo que al principio parecía una capacitación en inteligencia artificial empezó a convertirse en otra cosa. Primero fue un método. Después fueron procesos. Después aparecieron herramientas propias.
Y, casi sin darme cuenta, cada problema empezó a pedir una inteligencia distinta. Una para ayudar a captar y negociar con propietarios. Otra para trabajar compradores. Otra para proteger las operaciones. Otra para comercializar mejor. Otra para mirar lo que estaba ocurriendo afuera.
Así empezaron a aparecer el Lobo, el Zorro, el Búho, el Cuervo y Dove. No nacieron en una reunión de branding. Nacieron porque la operación los necesitaba.
RIIA tampoco nació dibujando un ecosistema en una pizarra y después intentando encontrarle clientes. Fue exactamente al revés: durante meses estuvimos dentro de una oficina, mirando dónde dolía, construyendo, probando y volviendo a empezar. Hasta que un día entendí que aquello que estábamos haciendo ya no era solamente enseñar a usar inteligencia artificial. Estábamos construyendo una manera diferente de trabajar.
Y eso era RIIA.
Lo absurdo de la secuencia
Un cumpleaños. Una conversación sobre una casa. Un auspicio que rechacé. Una frase dicha de pasada. Una charla que casi no ocurre. Un viaje preparado en un día. Y una oficina que me abrió la puerta sin saber exactamente qué iba a encontrar.
Si cualquiera de esas cosas hubiera ocurrido un poco distinto, probablemente RIIA no existiría.
Por eso, cuando me preguntan dónde nació, me cuesta señalar un momento exacto. Podría decir que nació en Concepción, frente a una sala llena de personas preguntándome si tenía un curso. Pero creo que en realidad nació después.
Cuando volví sin haber vendido nada y, aun así, decidí seguir.
Jacquie · fundadora de RIIA
Esa oficina fue Fuenzalida Propiedades. Los números de ese trabajo son los únicos que publicamos.
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